Los alumnos de la Facultad de Medicina de Sevilla reflexionan sobre las razones y las emociones que los motivan para estudiar medicina. Se invita a participar en el mismo a estudiantes de otras Facultades de Medicina u otras personas interesadas en participar en el mismo con sus comentarios (Students of the Faculty of Medicine of Seville reflect on the reasons and emotions that motivate them to study medicine. Are invited to participate in the students from other medical schools or other interested persons to participate in it with your comments). (Pablo Bonal Pitz).


He aprendido medicina de muchos médicos, pero sobre todo he aprendido medicina de los pacientes. Raquel Lamas Pérez.

En general me considero una persona un tanto indecisa. A menudo me pierdo en dilemas absurdos para tomar decisiones sin importancia. Sin embargo, estudiar medicina es algo que nunca tuve que decidir, para mí fue una de esas cosas que simplemente sabes con tanta certeza que ignorarlo iría en contra de ti mismo.

En mi familia no hay ningún médico ni nadie relacionado con el ámbito de la salud. Tampoco he conocido nunca muchos médicos, en realidad creo que hasta que empecé la carrera solo conocí uno, y puede que él sea en gran parte el culpable de que hoy esté escribiendo esto. Se llama Paco y era mi pediatra. No sabría decir por qué,  pero me sentía tan segura cuando él estaba cerca que sabía con total seguridad que si él decía que algo estaba bien era que lo estaba, y si algo iba mal él lo arreglaría.

Quería que los demás se sintieran conmigo como yo me sentía con él.

Así que sin saber muy bien por qué me encontré a mí misma hace unos años en la facultad  medicina y nada más empezar  supe que estaba donde tenía que estar. Aunque en aquel momento no tocáramos la parte clínica ni de lejos, necesitaba saber más sobre el ser humano para satisfacer mi curiosidad por todo. Necesitaba saber por qué nos suena la tripa cuando tenemos hambre, cómo circula la sangre por el cuerpo o por qué me pongo colorada si me habla el chico que me gusta. A día de hoy mi curiosidad sigue pidiendo aprender más y más, y es algo que espero que nunca cambie.

La primera vez que entré en un hospital en mi vida lo hice como estudiante de 2º curso de medicina, en unas prácticas voluntarias en mi ciudad, y fue una mezcla entre decepcionante y confuso. No soportaba la forma que tenía aquel médico de tratar a los pacientes, de ignorarles cuando hablaban y de reírse por lo bajo de ellos. Me hizo replantearme si realmente sabía dónde me estaba metiendo y qué clase de persona quería ser.  Duré 2 días y no volví a ir.

Por suerte, al curso siguiente comencé mis primeras prácticas reales en el hospital, en el servicio de Medicina Interna, y las hice de la mano de un médico que me hizo volver a creer en lo que hacía. Solía decir que se hizo internista porque no concebía al hombre como la suma de sus partes, y por eso quería limitarse a estudiar solo alguna de ellas. Me enseñó a explorar, a hacer historias clínicas, a pensar, a saludar a los pacientes con un “buenos días” y una sonrisa bien amplia y que apretar con fuerza la mano de una persona tiene más poder que cualquier ansiolítico. Me demostró que la medicina es el punto exacto en que se unen la ciencia y el amor por los demás.

He aprendido medicina de muchos médicos, pero sobre todo he aprendido medicina de los pacientes.  Aún me sorprende que alguien que está enfermo te deje explorarle y acribillarle a preguntas porque “vosotros sois el futuro, tenéis que aprender para curar a más personas como yo”; o que alguien en fase terminal de su enfermedad te diga que es feliz porque ha disfrutado y sigue disfrutando de la gente a la que quiere, que no hay que arrepentirse de lo ya pasado y que hay que luchar y vivir. Más de una vez se me ha saltado alguna lágrima rebelde al verles pasarlo mal, pero otras muchas no he podido contener una alegría inmensa al decirles que ya estaban bien y podían volver a casa. Son ellos los que cada día me dan lecciones sobre la medicina y sobre la vida.  Son ellos la verdadera razón de ser médico.

Me quedan apenas unos meses para pasar ese punto de no retorno en el que dejas de querer ser médico para convertirte en uno de verdad, y aún no tengo muy claro lo que eso implica. No sé por qué quise comenzar este camino, no sé hasta qué punto puede cambiar mi vida y mi visión de las cosas y no sé qué clase de médico  voy a ser; pero me alegra estar segura de que me quedan muchos años de profesión por delante para descubrirlo.

No sé si será la profesión más bonita del mundo, pero sí sé que es a la que quiero dedicarle mi vida.
Raquel Lamas Pérez. 6º curso HUNS Valme. Curso 2013-2014

Muchos médicos, que fueron excelentes conmigo, participaron en mi estancia y cambiaron algo en mi interior. Eran la materialización de lo que imaginaba ser de pequeño. Cada uno a su manera, me proporcionaron una visión de la medicina que yo desconocía, la preocupación y el cuidado de las personas, cuánto debe saber un médico, la devoción a su trabajo… Entonces ya tuve lo tuve claro: iba a ser médico de mayor. Víctor Manuel Sández Montagut.

Desde que tengo recuerdos, siempre he querido ser médico. Cuando era pequeño y jugaba, lo hacía simulando que era un médico. Si echaba un partido con los amigos, yo era el médico del equipo. Si querían montar una banda de música, yo sería el médico de la gira. Fuera cual fuera la temática, yo quería ser el que curaba y ayudaba a que se recuperaran. No sé de donde viene este deseo, pues en mi familia nunca ha habido médicos que hayan influido en mí. Pero la realidad es esa.

Pero nunca lo he tenido tan claro como desde los doce-trece años. Cuando llegó el verano de mis doce años, comencé a sentirme mal. No me apetecía salir, me encontraba cansado y me daba fiebre, que al comienzo era baja, pero a lo largo de las semanas se hizo alta. Mi madre me llevaba al médico cada vez que me daba esta fiebre y cada vez sospechaban infecciones, por lo que me mandaban antibióticos y analgésicos. Entonces me ponía mejor.

No transcurría una semana, cuando volvía a empeorar. Apareció una tos rebelde que no se iba con nada y tras varias visitas de nuevo al médico, mi madre exigió una prueba. Algo tan simple como una radiografía mostró el terrible proceso. Fuimos al servicio urgencias del hospital y tres días más tarde estaba ingresado en el ala de oncología del Hospital Virgen del Rocío.

Muchos médicos, que fueron excelentes conmigo, participaron en mi estancia y cambiaron algo en mi interior. Eran la materialización de lo que imaginaba ser de pequeño. Cada uno a su manera, me proporcionaron una visión de la medicina que yo desconocía, la preocupación y el cuidado de las personas, cuánto debe saber un médico, la devoción a su trabajo… Entonces ya tuve lo tuve claro: iba a ser médico de mayor.

Pero pasó el tiempo y llegó una época turbia de mi vida. Segundo de Bachillerato constituyó el año más raro en mi vida. Ocurrieron una serie de acontecimientos que me desconcertaron y no me permitieron ser yo mismo. Tomaba decisiones equivocadas a todas horas y me alejaba de mi objetivo cada vez más. De hecho ya no quería ser médico. Ni quería ser nada. No sabía que quería.

Por suerte, la orientadora de mi instituto me dio un consejo brillante: no te cierres puertas, si no tienes claro qué hacer, haz algo que te guste y que te permita en un futuro retomar tus sueños. Y así lo hice, me matricule en el Grado Superior de Laboratorio de Diagnóstico Clínico.

Me encantó. Sólo hablábamos del cuerpo humano, de técnicas de laboratorio, de pruebas analíticas y de enfermedades. Me maravilló a tal punto que a las pocas semanas decidí retomar mi rumbo: sería médico. Podría escribir muchísimas líneas sobre todo lo que me aportó esta época de mi vida, pero me alejaría del tema.

Tras dos años, cautivado por esta formación, terminé. Tenía una buena nota, así que pude matricularme en medicina. Ahora me quedan meses para terminar y me siento contento y orgulloso de mí mismo.

Así que, ¿por qué estudiar medicina? Porque siempre ha sido mi ilusión.


Víctor Manuel Sández Montagut.
6º Medicina. HUNS Valme.

Fue con gran orgullo que mis padres me ayudaron a perseguir mi sueño de estudiar medicina, aunque para ellos lo importante era que estudiara y trabajara en lo que a mí me hiciera feliz. Sofía Pimentel Diniz.

Creo que puedo decir que una de las grandes razones por la que escogí estudiar medicina fue gracias a los dos buenos ejemplos que tengo en mi casa y que siempre han sido mis referencias. Desde siempre que las conversaciones en mi casa son muchas veces sobre medicina, el hospital, los pacientes y las enfermedades. A pesar de todos los problemas que podían tener en el trabajo mis dos ejemplos siempre hablaron de la medicina con mucha dedicación, amor y orgullo por lo que hacían y siempre han sido grandes defensores de la salud pública. Creo que fue así, que ellos, de forma inconsciente, hicieron que pronto me enamorara de la medicina.

A pesar de haber pensado en otras profesiones como posibilidades para mi futuro - la gran mayoría relacionadas con la salud- nunca hubo ninguna que me llamara más que la medicina. Fue con gran orgullo que mis padres me ayudaron a perseguir mi sueño de estudiar medicina, aunque para ellos lo importante era que estudiara y trabajara en lo que a mí me hiciera feliz.

Y llegar hasta aquí no fue nada fácil… tuve que abdicar de muchas cosas, entre ellas mi casa, mi familia, mis amigos y mi país. Después vinieron los años duros de la facultad, estudiando más que todos mis amigos en otras carreras, siendo incomprendida cuando decía que no podía quedar con ellos porque tenía que estudiar… la medicina exige mucho de uno mismo, consume  muchas horas de nuestra vida, muchas horas de preocupación, muchas horas de estudio y muchas horas de no poder hacer lo que me apetece… pero a pesar de todo eso, lo que viene después compensa muchísimo! Al final vamos a hacer lo que yo considero como una de las profesiones más nobles del mundo: ayudar a quienes más lo necesitan! No hay nada más gratificante que saber que de alguna forma hemos ayudado a resolver el problema de una persona, a curar una enfermedad, a aliviar un dolor, o simplemente a escuchar sus preocupaciones.

Sé que lo que el futuro me reserva no será nada fácil pero espero dar lo mejor que pueda todos los días, aprender con los errores, esforzarme cada día más y ayudar lo más que pueda a cada una del personas con quien me cruce. Espero no perder nunca las ganas ni la motivación, no amargarme nunca ni hacer lo que infelizmente he visto algunos médicos hacer… tratar mal a sus pacientes y a sus estudiantes. No somos nosotros (estudiantes), ni los pacientes- ni tampoco los médicos! -  los responsables por todos los problemas de la sanidad pero me gusta creer que si todos damos lo mejor de nosotros mismos cada día, podemos mejorar la situación o por lo menos hacerla un poco más llevadera.

"Dar el ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera."  Albert Schweitzer

Sofia Pimentel Diniz. Alumna de 6º curso de la Facultad de Medicina de Sevilla.

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